Cada vez hay más jóvenes que inician una formación profesional, universitaria o no, y la dejan en suspenso. Unas veces porque se dan cuenta de que lo que habían elegido no era “lo suyo”. Deciden entonces cambiar de estudios y buscar algo más acorde a su personalidad o inquietudes. Puede ser también que una vez iniciado el recorrido profesional, quieran cambiar de rumbo y buscar una nueva ocupación. Y hay, por último, quienes abandonan los estudios para ponerse a trabajar sin la debida formación o quienes terminan una carrera y nunca la ejercen, bien porque no encuentran trabajo en “lo suyo” o porque admiten, precisamente, que lo que estudiaron no era “lo suyo”.
Cualquiera de nosotros habremos tenido noticia de uno o varios de estos casos. Y casi todos ellos tienen como denominador común una mala elección. Error motivado por las prisas o por la presión de unos padres que muchas veces quieren que sus hijos e hijas rentabilicen el gasto de su formación con un buen puesto de trabajo acorde a lo invertido.
Conozco a unos padres que no querían que su hija estudiara Historia porque tiene pocas salidas. Conozco a una estudiante de Derecho Económico que decidió cambiar a Filología Vasca, después de muchas dudas. Y las que tenía se le esfumaron cuando el empleado del banco a donde iba a matricularse, y con quien las compartió, le dijo que estaba dejando pasar la oportunidad de tener un trabajo «como el mío», a lo que ella respondió que no querría estar nunca en su lugar (el error de pensar que todo el mundo da importancia a las mismas cuestiones)
Conozco a un joven que estudió Derecho y se dedica con éxito al Periodismo sin haber completado ningún máster. Conozco a otro que cursó un módulo de Mecánica de FP y después de varios años trabajando colgó el buzo cuando se dio cuenta que lo suyo era el deporte.
Situaciones de este tipo se han producido siempre, pero quizás hasta hace poco sucedieran con más frecuencia por el movimiento que registraba el mercado laboral. Ahora, con la crisis la gente se anima menos a cambiar y experimentar. Todo el mundo se aferra a lo que tiene y se conforma con mantener un empleo, el que sea. Pero, sea cual sea la coyuntura, estas cosas seguirán ocurriendo. Y es que la falta de empleo también ofrece la ocasión de ampliar estudios, conocimientos y especialización.
Estos cambios de carrera profesional suponen un elevado gasto a las familias y al erario público. Según un estudio que realizó el Ministerio de Educación en 2006, un 30% de los universitarios dejan la carrera sin terminar. Los abandonos son elevados en todos los estudios menos en los de las ramas sanitarias, que son más vocacionales.
Pero más allá que el coste que supone a las arcas del Estado (se calcula en 2.900 millones al año el “despilfarro” de recursos por culpa del abandono universitario, es decir, carreras que se dejan o se acaban en más años de los previstos) el fracaso en la elección supone un coste personal para quienes no aciertan.
Se aconseja que, para evitar la precipitación, los estudiantes se tomen un año sabático después del Bachillerato para abordar algún tipo de actividad independiente de sus padres y volver a casa con las ideas más claras.
En cuanto a los padres que presionan “por el bien de sus hijos”, habría que recordarles que el éxito profesional no depende de contar con tales o cuales estudios. Muchas veces el expediente académico o la modalidad universitaria suma tantos, pero a la hora de lograr un trabajo se valoran cada vez más otro tipo de aptitudes y actitudes, como la capacidad de relacionarse, de trabajar duro, la iniciativa, el aspecto físico o la simpatía cuando no, simplemente, estar en el lugar adecuado en el momento justo.