Vivimos de forma acelerada, en el mundo de las prisas. Apenas tenemos tiempo para cocinar ni para prestar atención a lo que nos traemos entre manos y mucho menos a lo que nos llevamos a la boca. No somos suficientemente conscientes de nuestro cuerpo y nos cuesta valorar el perjuicio que nos ocasiona una alimentación incorrecta??? Hasta que nos sentimos mal y enfermamos.
Estamos en el siglo de la información. Aquí y allá proliferan los consejos sobre lo que constituye una comida sana y equilibrada. Más o menos todo el mundo los conoce. Pero a lo largo de mi experiencia profesional he comprobado que las cosas no están tan claras. Tenemos empacho de información y nos cuesta digerirla.
La gente sabe, por ejemplo, que es bueno comer fruta y verdura en abundancia, pero la mayoría no lo hace con regularidad. Se sobrevalora el consumo de carne y lácteos. Sin embargo, la leche no conviene a los adultos y la carne roja sólo deberíamos probarla ocasionalmente o prescindir de ella. Y si la comemos, es preferible la de ave de origen ecológico o el pescado (ambos una o dos veces por semana, no más). El resto debería ser de origen vegetal, algún huevo ???de gallina conocida??? o queso de cabra y/o oveja ???a ser posible artesano-, yogur casero o kéfir sin abusar.
Todo ello de la mejor calidad posible, de temporada, ecológico y/o procedente de las explotaciones agrícolas locales. Digo esto porque también se echa mano con frecuencia de las ensaladas preparadas que venden en los supermercados. Estas macedonias carecen de nutrientes y es mejor sustituirlas en esta época por una buena escarola que con ajo, nueces, aguacate, pasas, semillas, algas, germinados??? está exquisita.
A la hora de elegir un producto, muchas veces se impone el precio sobre otros factores. Es cierto que comer ecológico y de calidad eleva el presupuesto. Pero pensemos lo que dan de sí un kilo de lentejas, de arroz o quínoa; de higos pasa, nueces o avellanas??? Deberíamos comer más de puchero. Al mediodía, con un buen plato de legumbres con verduras y/o cereales no hace falta mucho más en esta época.
¿Y el pan? Tampoco recomiendo cualquiera. El ideal es integral -no harina refinada con salvado añadido- y hecho con levadura madre -no con levadura química-. El aceite: de oliva virgen extra, a ser posible de primera presión en frío. Y por supuesto, evitar las fritangas.
En fin, comer los productos menos tratados y manufacturados posibles. Para algunos especialistas, no deberíamos ingerir nada que no figurara en la dieta de nuestras tatarabuelas.
Hipócrates, el padre de la medicina, decía: ???Somos lo que comemos???. Pero hoy, con tanto aditivo, conservante, colorante, espesante, estabilizador, potenciador de sabor, pesticida, antibiótico, hormona, transgénico??? ya no sabemos qué comemos. Entonces ¿Sabemos quiénes somos?
Aurora Julià (Naturópata ??? Homeópata)
¿Y quién se ocupa de estar cocinando como nuestras tatarabuelas? y es más ¿qué comerían las pobres?
Se sobrevalora el consumo de lacteos y carnes, se sobrevalora el comer ecológico, se sobrevalora,… se sobrevalora todo, o casi todo, y por supuesto cada uno defiende lo suyo y una naturópara- homeópata (con todos mis respetos) ¿que va a defender?.
Yo creo que como en todo en el término medio está la solución yo no me obsesiono ni que está sobrevalorado ni que no, como con algo de lógica y punto. Sin tanto lio…