La clase política, la actividad política, el análisis político, la participación política…, está en una crisis cada día más grande. Y si la política está en crisis será también porque buena parte de la sociedad civil no estamos suficientemente implicada en la democracia, y dejamos en manos de la clase política su gestión, análisis y decisiones. Hay que afrontar, a fondo, con serenidad pero con firme y clara responsabilidad, los retos de la democracia y la política.
Da miedo en esta época los falsos profetas, aquellos que reivindican toda clase de fundamentalismos, de agravios, de violencia y de venganza; asustan también, los defensores de la mera supervivencia, los inmovilistas y los del que cada “palo aguante su vela”; dan miedo los voluntaristas y bien intencionados en las formas, pero intransigentes y excluyentes en el fondo; preocupa el grado de autenticidad de todos aquellos que en tiempos cercanos justificaban lo injustificable, y ahora aparecen como apóstoles de la tolerancia y el compromiso ecológico y social; asustan tanto… que parecemos asustados y desorientados.
Es como si la política al igual que las matemáticas o la física (teorema de Pitágoras, ley de la gravedad…) estuviera llena de leyes o axiomas que se cumplen de forma inexorable.
Para muestra -tal como señala José I. González Faus- basten algunos botones:
- Principio de la DDR: los éxitos deportivos de un país son inversamente proporcionales a su nivel de madurez política y democrática. Porque inflan el ego y lo adormecen inyectando una total despreocupación por las cuestiones sociopolíticas. El nombre de este principio (al que otros llaman principio de la roja) viene de la antigua Alemania comunista que maravillaba siempre al mundo con sus triunfos en olimpíadas, y mantenía así una población suficientemente satisfecha en la dictadura.
- Axioma de Berlusconi: en un país con escasa educación democrática, la corrupción nunca implica pérdida de votos para quienes la practican. Incluso puede hacer ganar votos porque muchos votantes envidian a esos corruptos y quisieran poder lucrarse como ellos.
- Ley de la gravedad capitalista: para que los ricos salgan de las crisis que ellos crean es preciso que los pobres trabajen más y ganen menos. Ésta es una ley muy elemental que todo el mundo conocía. Algunos la atribuyen a Díaz Ferrán pero no fue él su descubridor: sólo tuvo la ingenuidad de proclamarla en voz alta.
- Y para terminar, principio de Lim-Piao: el nivel de reconocimiento del grado en que un país guarda los derechos humanos es directamente proporcional a la amplitud de sus reservas petrolíferas o a la extensión de sus posibilidades de mercado; no necesariamente al nivel de respeto a esos derechos.
Sin embargo, ante todo esto también se empiezan a escuchar algunas voces que indican algunas grietas. Son voces aún dispersas, poco articuladas. Hablan de justicia y de responsabilidad, hablan de comunidad y de compromiso con el otro, hablan de compasión y de austeridad. Nos hablan… y a nosotros nos está llegando el momento -si perseguimos la esperanza- de escuchar, discernir y actuar.