En octubre desde Herriaren Eskubidea participamos como plataforma municipalista en el primer encuentro de la Universidad Popular de Movimientos Sociales (UPMS) realizada en Euskadi. Se trataba de la novena reunión a nivel mundial de un espacio, que surgió tras el Foro Social Mundial en 2003, para articular la diversidad entre los movimientos sociales y la universidad. El objetivo de esta confluencia es trabajar de manera conjunta para, desde el reconocimiento de la diversidad, construir colectivamente y afrontar los retos territoriales. Se trata de crear una red de saberes, un espacio conjunto para pensar, compartir y crear alternativas sobre lo que nos divide y lo que nos une y poder organizar las acciones colectivas. Allí nos encontramos personas de diferentes lugares del mundo y con diversas afiliaciones.
Y es en ese “lo que nos separa”, donde uno de los fundadores de la UPMS, el sociólogo Boaventura de Sousa Santos, generó deliberaciones interesantes y controvertidas que se fueron sumando a otras que nos hicieron repensar, debatir e incluso reconocer nuestras propias contradicciones. Para ello tuvimos que cambiar la mirada, hacer una labor de empatía y ponernos en los zapatos y en el lugar de los intereses de las otras personas, asociaciones, etc para entender su situación y perspectiva.
Y en ese “lo que nos separa” surgió un debate, quizá incómodo pero muy necesario. Porque, a veces, lo que nos diferencia no es el contenido, sino los ritmos históricos y culturales de lucha, el lugar desde donde hablamos, el lenguaje y/o la lengua que utilizamos. La pregunta que surgió fue ¿cómo garantizar el derecho de cada cual a expresarse en la lengua que quiera y, al mismo tiempo, que esa lengua no se convierta en una barrera de comunicación?
Entablamos una discusión que se prolongó durante horas y por desgracia no encontramos una solución satisfactoria. Y es que la lengua, además de ser un instrumento de comunicación, es un valor cultural e identitario en sí misma, y es imprescindible realizar el esfuerzo y trabajo necesario para impulsarla y mantenerla. Sobre todo, para aquellas minoritarias. Pero lamentablemente, y más veces de lo que nos gustaría, se convierte en un muro invisible que crea desigualdades, distinciones y frenos en la participación.
Sabemos que es un debate incómodo y difícil para muchas personas, pero que sin duda es un tema sobre el que tenemos que reflexionar, porque es una realidad en nuestra sociedad y en nuestro municipio.
Si queremos afrontar colectivamente los retos, es imprescindible reflejar la diversidad y escucharnos con diferentes voces.