Con una pesadilla, o con el peor ejemplo de cine gore que la mente humana pueda idear. Sólo con eso podría compararse el macabro asesinato de la exjugadora de voleibol holandesa Ingrid Visser y de su novio, que ha conmocionado Murcia y ha trascendido más allá de sus fronteras.
Como si de un macabro guión se tratase, de las pesquisas policiales y judiciales ha trascendido una mezcla recursos más propios del género splatter que de la realidad: misteriosa desaparición de una deportista profesional y su pareja, hallazgo de unos cuerpos descuartizados, pruebas de ADN, deudas de dinero y tres detenciones, la del presunto autor intelectual de la barbarie y la de dos presuntos sicarios rumanos, novatos y ???baratos??? que, provisionalmente, han dado con sus huesos en presidio.
Pero lo realmente malo, y serio, y grave, es que todo esto parece haber sucedido en realidad. Y lo bueno, o lo menos malo es que, también como en una peli de bajo presupuesto, parece que no se ha tardado demasiado en dar con los probables responsables y ponerlos a buen recaudo.
Da vértigo, o mejor dicho miedo, pensar en cómo es el mundo en el que vivimos, en el que puede haber alguien capaz de, previo pago de seis mil euros, contratar a dos sujetos deleznables con el ???encargo??? de liquidar a una pareja por un móvil tan bajo y ruin como pueda ser una deuda.
Y por supuesto, lo que da verdadero pavor es pensar que pueda llegar a hacerse. Que pueda haber quien, por seis mil asquerosos euros, es capaz de asesinar a dos personas que no conocen, que ningún mal les han causado, cortarlas en pedacitos y deshacerse de sus restos.
Vale, es cierto que esto, seguramente, ha venido sucediendo desde hace miles de años. Pero si te paras a pensar que cada día te puedes estar cruzando con gente así, es para dejar de creer en el género humano.
Afortunadamente, hechos como estos son una deshonrosa excepción. Y eso te permite seguir tirando, aunque sea con un ojo mirando hacia la filosofía de Hobbes, pero con el otro apuntando a toda esa cantidad de personas fantásticas que se vuelcan en tratar de ayudar a quien más lo necesita e, incluso, hacen de esa noble causa el eje de su vida.
Quedémonos con la parte más amable de la Humanidad, porque como no lo hagamos así lo llevamos claro. ¡Qué digo claro! Lo llevamos la mar de oscuro.