Coincidió que por esas circunstancias que se dan en ocasiones, me encontraba en la sala de urgencias del Hospital. Vibró el IMFP (Invento multifuncional personal). Al otro lado del audífono me requería una voz desconocida. Te llamo en un rato, fue mi respuesta.
Casi oculto tras una máquina expendedora de bebidas a 0,95 euros, había un teléfono público de monedas.
Me apetecía recuperar aquella antigua sensación de hablar hasta que se te acabara el dinero suelto que llevas. Al menos podías pedir concisión y brevedad. Con 1,75 euros suponía disponer de al menos unos cinco minutos.
La cosa fué que un tal J.M. Altuntún había leído algo sobre mi amigo Teo y quería aprovechar mis artículos bodrio para quejarse de las barredoras del pueblo y las tempranas horas de paso diario siempre por su calle. —Hay que rotar la barrienda porque ésto es una jodienda. Todos los días soy el vecino indignado del primero derecha. A las 6 de la mañana en laborables con las malditas maquinitas y los fines de semana con los últimos muertos vivientes a gritos por la acera hasta el momento de ir a por el pan—.
Combinando ambas situaciones me vino a la memoria un relato de mis padres que nunca pude contrastar: Siendo regidor (franquista) de Durango Valentín Eguidazu, algunos gamberros de la localidad terminaron una noche de juerga en la *perrera municipal. Existía la norma de mandar a barrer las calles por la mañana como trabajo social, tal que alternativa al pago de una multa. Como hijos de apellidos ilustres de la Villa que eran, se negaron a realizar dicho servicio comunitario. Era un desprestigio y una humillación inaceptables para ellos y sus familias. Porque la norma era para todos, el alcalde fue coherente y dimitió.
Las castañas pilongas y las hojas de otoño invaden las aceras de mi barrio, pero la flora tiene diferente destino que los homínidos desvergonzados, y los envoltorios de “las chuches” y las colillas.
*Familiarmente, nombre de los calabozos.