
La asociación Juan de Iciar ultima las representaciones de su Pasión viviente, que se ofrecerán los días 16, 17 y 18 de abril en la plaza de Santa Ana. Markel Ganboa e Izaskun Astondoa repetirán en los papeles de Jesús y María.
Es el tercer año que Ganboa se pone en la piel del principal protagonista de la obra. A pesar de que las adversas condiciones meteorológicas hicieron mella en él durante la última edición, hasta el punto de sufrir un ataque de ansiedad, en esta ocasión quiere quedarse con la sensación de que por fin lo ha dado todo sobre el escenario.
-¿Cómo afrontas las representaciones?
-Estoy con mucha más confianza. Es la segunda vez consecutiva que hago de Jesús y sales a los ensayos sabiendo todo el papel a la perfección. Lo haces con más tranquilidad porque las cosas ya no se te olvidan ni tienes que estar pendiente de cómo moverte por el escenario. Te centras completamente en la interpretación.
-La experiencia del año pasado no fue fácil.
-La primera vez que hice de Jesús fue una Semana Santa que tocó en abril. Pasé calor, incluso, así que lo de que el año pasado lloviera de esa manera e hiciera tanto frío me pilló poco preparado. Ahora ya conozco las dos vivencias y, venga lo que venga, sé cómo afrontarlas.
-¿Cómo recuerdas aquella primera función?
-Emocionalmente fue muy crítica, muy dura, porque cuando me estaban subiendo a la cruz caían chuzos de punta. No paraba de temblar y, aunque hicieron que la tormenta que hay en el guion después de la crucifixión fuera mucho más corta de lo habitual para tratar de protegerme, tanto frío, agua y viento eran insoportables. Fueron 15 minutos que se me hicieron eternos porque estaba pasando todo lo malo que podía pasar en la primera representación de esa edición. Cuando salí de escena me llegó a dar un ataque de ansiedad. No paraba de llorar de los nervios y acabé colapsando. Y eso que, detrás de cortinas, todo el mundo trataba de darme calor y apoyarme. Sin todos ellos no hubiera sido capaz de continuar.
Cuando ya me tranquilicé un poco fui corriendo donde mi madre para darle un abrazo y decirle que estaba bien. Ella lleva los mismos años que yo actuando en la Pasión, pero nunca le había visto con esa cara de sufrimiento.
-Aun así, has sido valiente y te has ofrecido para repetir.
-Aquello fue un día complicado en la oficina (bromea). Ahora quiero quitarme la espinita que me quedó y así se lo dije a Josune (Goienetxea, la directora principal de la obra). Me preguntó dos o tres veces si estaba seguro de querer hacerlo y le dije que no tenía ninguna duda. Quiero soltarme del todo en la interpretación y, además, me hace ilusión hacer de Jesús en el 30 aniversario de la obra.
Mostrar emociones
– En la entrevista que te hice hace un año me comentaste que querías hacer un Jesús más humano. Quitarle cierto halo de divinidad. ¿Las directoras te han dado alguna recomendación en ese sentido?
-No, me han dado libertad para hacer lo que considere. Lo que me gustaría es dar más matices al personaje y mostrar sus emociones. En la escena con Caifás, por ejemplo, creo que Aitor San Antón y yo podemos dar más juego. Mi idea es mostrarme más chulo, retarle, para dar pie a su enfado. Con Poncio Pilato (Fernan Atutxa), sin embargo, la actitud tiene que ser más sosegada porque es una autoridad contra la que Jesús sabe que no se puede hacer nada.
-¿Cuáles son tus escenas favoritas de la obra?
-Hay varias. Cuando entro por primera vez a escena es un subidón como actor y siempre me ha gustado el Vía Crucis. También le estoy cogiendo el gusto a la Última Cena.
-Me llama la atención lo de la Última Cena porque muchos durangueses que han hecho de Jesús han coincidido en que es una escena con mucho texto y un poco tediosa.
-Sí, prácticamente son tres páginas seguidas de intervención. Pero es una escena que a mí me gusta porque se puede empezar apreciar el miedo. La angustia que invade a Jesús al ser plenamente consciente de que le van a traicionar.
Latigazos
-Has mencionado también el Vía Crucis. Entiendo que es otro momento duro de la obra por el castigo físico que suponen los latigazos y el tener que cargar con la cruz. ¿Te has preparado de alguna manera?
-No, para mí es algo más mental que físico. No te voy a negar que los latigazos duelen, sobre todo cuando los látigos están mojados. Los gritos son reales, así que espero estar bien concentrado, tratar de evadirme y llevarlo de la mejor manera posible.
-Eres uno de los ‘niños’ de la Pasión. Empezaste a actuar en la obra en 1999, con ocho años, y en todo este tiempo has mantenido la vinculación. ¿Pensaste en algún momento que seríais capaces de llegar al 30 aniversario?
-Me parece una barbaridad haberlo conseguido, aunque también hay que decir que el esfuerzo ha sido muy grande. Este año, concretamente, llegamos a pensar que íbamos a tener que abandonar porque ha costado mucho encontrar personas para completar el reparto. No te hablo de gente para hacer de pueblo, que siempre andamos justos, sino de personajes con texto.
Falta mucha gente de todas las edades: jóvenes, adultos y mayores, por lo que, si queremos que Durango siga estando en el mapa, como ocurre con la Pasión de Balmaseda, necesitamos que más gente se involucre. Además, y aunque siempre lo repetimos, es importante que quede claro que para tomar parte en la obra no hace falta ser una persona religiosa. Es un espectáculo teatral creado por un grupo de personas de forma voluntaria y altruista. Y eso es algo que debería enorgullecernos como pueblo.